Los ecosistemas costeros del sur del estado representan uno de los sistemas naturales más complejos y valiosos del país, debido a la conexión que existe entre cuerpos de agua dulce, zonas de transición y el mar Caribe. Así lo expuso el especialista en ecología béntica marina, Héctor Hernández Arana, durante una charla organizada por el Consejo Quintanarroense de Humanidades, Ciencias y Tecnologías (COQHCYT).
Con más de 25 años de experiencia como biólogo marino, el investigador explicó que su trabajo se centra en entender la relación entre los organismos y su entorno.
“La ecología estudia cómo se relacionan los seres vivos con su ambiente y cómo se influyen mutuamente, es una relación en dos direcciones”, señaló.
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Durante su intervención, detalló que los ecosistemas costeros son zonas de transición entre la tierra y el mar, donde confluyen múltiples procesos naturales. Estas áreas, explicó, están influenciadas tanto por fenómenos terrestres como marinos, lo que genera una dinámica constante de intercambio de agua, nutrientes y especies.
“El agua es el principal medio de conexión, pero también intervienen fenómenos como huracanes o inundaciones. Por eso hablamos de un continuo costero, porque no se pueden separar, están conectados en dos direcciones”, indicó.
El especialista destacó que el sur de Quintana Roo es un ejemplo único de esta interacción, al concentrar en un espacio reducido diversos ecosistemas. Mencionó que en un radio aproximado de 60 kilómetros coexisten la Laguna de Bacalar, la Bahía de Chetumal y el Mar Caribe, lo que permite observar la transición desde agua dulce hasta arrecifes coralinos.
En este contexto, Hernández Arana explicó el concepto de “corredor transversal costero”, el cual describe la conexión entre estos ecosistemas.
“Es una zona que atraviesa desde la selva hasta los arrecifes, donde hay un flujo constante de agua, especies y materiales”, detalló.
Como ejemplo, mencionó la presencia de peces como el sábado, que puede encontrarse tanto en ambientes de agua dulce como en el mar.
El investigador subrayó que cada componente de estos ecosistemas cumple una función específica, por lo que no se puede jerarquizar su importancia. No obstante, resaltó el papel de los humedales y manglares, los cuales actúan como filtros naturales y barreras de protección.
“Los humedales amortiguan inundaciones y los manglares protegen contra el oleaje y las tormentas”, explicó.
También destacó la relevancia de los microbialitos en la Laguna de Bacalar, organismos que contribuyen al equilibrio de nutrientes en el agua.
“Son ecosistemas microbianos muy particulares que ayudan a mantener la calidad del agua”, señaló.
Sin embargo, advirtió que estos sistemas enfrentan diversas amenazas, principalmente por la actividad humana y el cambio climático. Explicó que cualquier acción que interrumpa la conectividad natural, como la fragmentación de hábitats o la alteración de flujos de agua, genera efectos negativos en cadena.
Uno de los ejemplos más visibles de estos impactos es el fenómeno del sargazo, cuya presencia se ha intensificado en los últimos años.
“Es una consecuencia de los cambios globales y, combinado con la presión humana, genera efectos negativos más severos, especialmente en los arrecifes”, indicó. Añadió que la cobertura de coral vivo ha disminuido hasta en un 90 por ciento en algunas especies.
Ante este panorama, el especialista consideró que la restauración ambiental es necesaria, aunque representa un reto técnico y económico. Compartió experiencias en proyectos de recuperación de manglares en Banco Chinchorro, donde se han implementado estrategias como barreras de bambú para reducir la erosión costera.
“El costo de no hacer nada siempre será mayor, porque los impactos ambientales terminan afectando directamente a las comunidades”, afirmó.
Explicó que la pérdida de manglares, por ejemplo, incrementa la erosión y afecta actividades económicas como la pesca.
No obstante, enfatizó que la prioridad debe ser prevenir el daño mediante una mejor planeación del desarrollo. Señaló que muchas problemáticas actuales, como inundaciones urbanas, se deben a la falta de consideración de los flujos naturales de agua al momento de construir infraestructura.
“Es necesario pensar a largo plazo, no solo en cinco o diez años, sino en 20 o 30 años”, expresó, al proponer que se evalúen alternativas como infraestructura elevada en zonas inundables, en lugar de rellenar terrenos.
Finalmente, destacó la importancia de generar conciencia social sobre la dependencia que existe hacia los ecosistemas. Indicó que actividades como el turismo, la pesca y la economía local están directamente vinculadas a la salud ambiental.
“Debemos reflexionar como sociedad sobre cuánto dependemos de estos ecosistemas y cómo los estamos utilizando”, concluyó, al señalar que la información y la educación son claves para garantizar la conservación de estos espacios naturales.