COLUMNA INVITADA

El estudiante-cliente en la educación mexicana

Cuando el alumno se convierte en cliente, la educación se transforma en producto

LOCAL

·
Columna Invitada de Cheso Torli, del 18 de diciembre de 2025 Créditos: El Heraldo Media GroupCréditos: El Heraldo Media Group

Durante 15 años impartí clases en distintas instituciones de educación media superior en Quintana Roo. Aulas privadas, casi todas, grupos numerosos y salones casi vacíos, generaciones brillantes y otras profundamente lastimadas por su contexto social. En ese trayecto aprendí muchas cosas, pero hay una que me marcó con especial fuerza: el sistema dejó de ver a los alumnos como estudiantes para empezar a tratarlos como clientes.

Y cuando el alumno se convierte en cliente, la educación se transforma en producto.

En teoría, el cambio parecería positivo. Se habla de “calidad en el servicio”, de “experiencia del usuario”, de “satisfacción”. Pero en la práctica, este enfoque ha distorsionado la esencia misma del proceso educativo. El estudiante-cliente no debe reprobar, no debe inconformarse, no debe abandonar la institución. Lo importante ya no es necesariamente que aprenda, sino que permanezca inscrito.

He visto cómo las exigencias académicas se suavizan para evitar quejas, al igual que la disciplina pierde fuerza porque “puede afectar la matrícula”. Además fui testigo de cómo algunos padres asumen que el pago de una colegiatura costosa garantiza resultados automáticos, como si el conocimiento pudiera entregarse en mostrador.

La educación, sin embargo, no funciona así. Aprender implica esfuerzo, frustración, constancia y, muchas veces, confrontación con nuestras propias limitaciones. Pero en un modelo mercantilizado, exigir demasiado puede interpretarse como una mala atención al cliente-alumno.

El problema no es exclusivo de las escuelas privadas. Incluso en el ámbito público se ha instalado la lógica de los indicadores administrativos por encima de los resultados reales de aprendizaje. Se prioriza la estadística sobre la formación, la cobertura sobre la profundidad, el trámite sobre el pensamiento crítico.

A esto se suman otros desafíos estructurales: brechas tecnológicas, rezago en comprensión lectora y matemáticas, entornos familiares complejos y una cultura digital que compite ferozmente por la atención de los jóvenes. El docente ya no solo enseña su materia; ahora compite contra pantallas, algoritmos y la inmediatez.

Sin embargo, sería injusto responsabilizar únicamente a los estudiantes. Muchos llegan con enormes carencias formativas acumuladas desde la educación básica. Otros enfrentan contextos económicos y emocionales adversos. El aula se ha convertido en un espacio donde convergen problemas sociales que rebasan al maestro.

Lo preocupante es que, en medio de todo esto, el papel del docente se ha debilitado. De autoridad académica pasó a ser proveedor de servicio. De formador, a facilitador complaciente. Y cuando la figura del maestro pierde legitimidad, pierde fuerza todo el sistema.

México necesita recuperar la visión de la educación como un proyecto formativo de largo plazo, no como una transacción inmediata. Los alumnos no son clientes; son personas en proceso de construcción. Y educar no es vender, es acompañar, exigir y formar carácter.

Si no corregimos el rumbo y el modelo educativo, seguiremos graduando generaciones con certificados en la mano, pero con vacíos profundos en conocimientos, habilidades y sentido crítico. Y ese costo, tarde o temprano, lo pagará todo el país.