En un contexto donde el medio ambiente se ha convertido en bandera política, atractivo turístico, mercancía simbólica y objeto de disputa académica, la investigadora María Luisa Villarreal presentó sus libros Microbialitos de Bacalar y El mito que gobierna a la laguna, obras en las que cuestiona la narrativa dominante sobre los llamados “estromatolitos” de la Laguna de Bacalar y propone replantear la forma en que se entiende, protege y maneja este ecosistema.
A partir de evidencia científica y conocimiento local, Villarreal sostiene que gran parte del discurso que rodea a estas formaciones se basa en mitos que, lejos de ayudar a su conservación, han generado parálisis y polarización social.
Durante la presentación, la investigadora explicó que en Bacalar no existen estromatolitos en sentido estricto, sino microbialitos, un término más amplio y científicamente correcto que engloba a las piedras formadas por microorganismos.
“El microbialito es el concepto general, Es como decir que todos los Ferrarí son carros, pero no todos los carros son Ferrarí. Dentro de ese grupo hay muchas formas: trombolitos, microbialitos mixtos, estructuras con laminaciones, otras con formas de brócoli o de cebolla. Llamarlos a todos estromatolitos es incorrecto”, afirmó.
Villarreal señaló que incluso especialistas de referencia mundial en geobiología han sido citados de manera imprecisa, atribuyéndoles afirmaciones que no aparecen en sus artículos originales, lo que ha contribuido a reforzar una idea errónea sobre la laguna.
Uno de los puntos centrales de su investigación es desmitificar la función ecológica de estas formaciones. Villarreal explicó que el efecto de los microbialitos para limpiar el agua es local y limitado a su entorno inmediato, lo que resulta insuficiente para una laguna de casi 60 kilómetros de largo.
Además, aclaró que su papel histórico en la producción de oxígeno fue crucial en los inicios de la vida en la Tierra, pero dejó de ser determinante cuando surgieron plantas y árboles.
“Hoy su importancia no es la misma que hace miles de millones de años, aunque siguen siendo parte fundamental de los procesos geológicos y biogeoquímicos”, explicó.
La investigadora detalló cómo los microbialitos crecen lateralmente al capturar dióxido de carbono en forma de carbonato, generando suelo y dando lugar a un proceso que denomina “sucesión hidrológica”. Este fenómeno, junto con la retroalimentación positiva entre sedimentos, luz y microorganismos, explica la formación de esteros, pantanos y la actual configuración de la laguna.
Según Villarreal, los microbialitos gigantes se concentran en el sur de Bacalar porque ahí existen mayores aportes de agua y sedimentación provenientes de manantiales, no porque toda la laguna tenga las mismas condiciones.
Otro de los mitos más extendidos, señaló, es la idea de que los microbialitos “mueren” al ser pisados.
“No se pueden matar, son piedras. Lo vivo es una capa de microorganismos encima, el tapete microbialítico, que es muy resistente y ha sobrevivido a extinciones masivas, incluso al impacto del meteorito de Chicxulub”, explicó.
No obstante, advirtió que estas estructuras son frágiles y pueden romperse, por lo que su protección debe basarse en información clara y no en relatos alarmistas.
Villarreal subrayó que la obsesión con las piedras ha desviado la atención de problemas más graves, como la sedimentación y el empantanamiento en la zona norte de la laguna, donde el tiempo de residencia del agua puede llegar hasta 10 años. El cierre de canales y la falta de mantenimiento han agravado el estancamiento del agua, afectando la salud del ecosistema en su conjunto.
“La laguna necesita manejo y mantenimiento, como lo hacían los mayas, que limpiaban, escarbaban y construían diques. El mito nos ha paralizado”, concluyó.
Con sus libros, la investigadora busca ofrecer herramientas para comprender la laguna como un sistema integral y promover un debate informado que permita superar la polarización.
“Cuando un mito gobierna, dejamos de ver la realidad completa. Y Bacalar no puede esperar más”, afirmó.