En Quintana Roo, hablar de carnavales es hablar de identidades distintas que conviven en un mismo territorio. Mientras algunos municipios viven esta fiesta como una tradición profundamente arraigada, otros la han convertido en un evento efímero, más cercano a un concierto masivo que a una celebración cultural con sentido comunitario.
Cozumel e Isla Mujeres son ejemplos claros de carnavales con historia. Con más de 120 años de tradición, estas festividades no solo sobreviven al paso del tiempo, sino que se renuevan año con año gracias a la participación activa de la población. Familias enteras se involucran en la organización, en la elaboración de trajes, comparsas y carros alegóricos; se transmiten saberes de generación en generación y el carnaval se vive como un orgullo colectivo. No es un evento impuesto, es una fiesta que nace desde la comunidad.
En estos municipios, el carnaval es identidad. Es un espacio donde conviven lo popular, lo artístico y lo simbólico. Las familias esperan la temporada, se preparan y participan. Hay un sentido de pertenencia que trasciende al gobierno en turno y a la cartelera de artistas invitados.
En contraste, otros municipios como Othón P. Blanco, Benito Juárez y Playa del Carmen presentan versiones sui generis del carnaval. Aquí, la tradición es difusa y el interés suele concentrarse en los conciertos gratuitos, en la figura del artista estelar y en el impacto mediático de unas cuantas noches. El desfile, las comparsas y la participación ciudadana quedan relegados, cuando no son meros actos decorativos.
No se trata de descalificar estas celebraciones, sino de cuestionar su profundidad cultural. Un carnaval sin comunidad es solo un evento más en la agenda municipal. La falta de arraigo provoca que cada año se trate de “reinventar” la fiesta sin memoria ni continuidad, dependiendo del presupuesto y de la moda del momento.
El reto para estos municipios no está en traer artistas más caros, sino en construir tradición. Apostar por la formación de comparsas, por la participación de colonias, escuelas, empresas y colectivos culturales. Entender que el carnaval no se compra, se cultiva.
Porque al final, los carnavales que perduran no son los que llenan escenarios, sino los que llenan calles, historias y corazones.